Seguro alguna vez te has preguntado qué está pasando en el espacio digital boliviano. Tal vez viste publicaciones que en menos de un minuto acumulaban cientos o miles de reacciones de burla como cuando el 12 de abril Paola Aguirre compartía la foto de su hija. Tal vez viste páginas caer repentinamente, lives reportados masivamente o cuentas suspendidas después de denunciar algo. Pasó con DTV, pasó con María Galindo, pasó recientemente con Guido Alejo, que denunció que comenzaron a reportar su transmisión mientras estaba en vivo. Y la pregunta siempre fue la misma: ¿cómo se prueba algo así?
La respuesta es que el comportamiento inauténtico no funciona de una sola manera. En Bolivia ya hemos visto distintas formas de guerrilla digital. Desde los llamados “guerreros digitales” del 2016, hasta estructuras más sofisticadas donde cuentas automatizadas trabajan simultáneamente para instalar narrativas, promover autoridades o atacar voces críticas. Pero también existieron otras formas mucho más normalizadas dentro del caso boliviano: funcionarios públicos, direcciones de comunicación y estructuras estatales de distintos niveles de gobierno operando digitalmente para posicionar narrativas, amplificar contenido político o atacar adversarios. Y esto ha ocurrido independientemente de las posturas ideológicas o los bloques políticos. En algunos casos son operadores humanos; en otros, automatización; y en otros, ambas cosas mezcladas. Las estrategias cambian, pero el objetivo es el mismo: influir artificialmente en la conversación pública.
Lo que sí ha cambiado en estos años es la escala y la intencionalidad. Antes gran parte de estas operaciones se activaban sobre todo en procesos electorales. Hoy funcionan de manera permanente. Ya no se trata solamente de inflar una gestión o posicionar una candidatura, sino de generar fractura social, humillación pública y deshumanización del adversario. Hoy, el racismo, la estigmatización y la animalización del otro dejaron de ser hechos aislados para convertirse en parte de una lógica constante de operación digital.
Esto tampoco nació de la nada. Desde el 2019, Bolivia ya había mostrado formas de difusión digital agresiva, específicamente contra El Alto. Antes de ese año coexistían estructuras enfrentadas, páginas masivas, medios alineados y operaciones coordinadas de ambos lados. Pero hoy la diferencia es la desproporción y el nivel de hegemonía comunicacional. Ya no existen contrapesos equivalentes en capacidad digital, mediática y económica. Los medios tradicionales amplifican contenidos que luego son reforzados artificialmente en redes sociales, generando una maquinaria mucho más constante y efectiva para instalar narrativas, atacar adversarios y naturalizar discursos de odio.
En este contexto también vivimos un momento de fuerte polarización y fractura social, donde incluso se ha cuestionado la presencia de Fernando Cerimedo como uno de los principales asesores del presidente. Cerimedo ha sido vinculado regionalmente a estrategias digitales, campañas de desinformación y operaciones de amplificación política en distintos países de América Latina. Más allá de si estas relaciones son directas o no, lo cierto es que muchas de esas formas de operación digital hoy son más visibles dentro del ecosistema boliviano.
Un ejemplo reciente ocurrió después de la publicación del economista Gonzalo Colque sobre el avión CP-3243, vinculado al ministro Mario Justiniano. La publicación mostraba registros de vuelo con trayectos frecuentes entre Santa Cruz, La Paz y Brasil, además de preguntas legítimas sobre el uso de la aeronave y sus posibles vínculos con agendas oficiales. Lo que vino después fue un ataque digital coordinado. Entre las 15:51 y las 16:00, en aproximadamente cinco minutos, la publicación recibió centenares de comentarios hostiles y reacciones masivas de “me divierte”. Solo en un segundo específico se registraron 146 comentarios. En total, fueron más de 500 comentarios concentrados en pocos minutos. Eso no es comportamiento orgánico.
Solo en un segundo específico se registraron 146 comentarios.
A partir de ahí comenzamos a rastrear patrones. Se identificaron 375 cuentas que comentaron de manera reiterada en ese ataque específico. Luego esas cuentas fueron comparadas con publicaciones de distintos ministerios, especialmente del Ministerio de Desarrollo Productivo Rural y Tierras, que dirige Mario Justiniano. El resultado fue evidente: muchas de las cuentas que atacaban a Gonzalo Colque también aparecían promoviendo sistemáticamente publicaciones del ministerio. Se compararon cinco publicaciones distintas y se encontró una red persistente de al menos 1.025 cuentas que interactúan repetidamente entre sí.
El grafo adjunto muestra justamente esa estructura: en verde, publicaciones más antiguas; en rosado, publicaciones recientes con mucha mayor densidad e interacción; y en amarillo, la publicación de Gonzalo Colque conectada a esa misma red de cuentas. La transición del verde al rosado muestra algo importante: la capacidad de interacción artificial y la dimensión de la guerrilla digital se incrementó durante el inicio de los conflictos políticos recientes.
Además, estas cuentas comparten características similares. Muchas fueron creadas entre 2025 y 2026, utilizan nombres y apellidos locales muy bolivianos, la mayoría tiene restringida la vista de su perfil y presentan patrones léxicos parecidos en sus comentarios. Los comentarios no son idénticos, pero mantienen estructuras extremadamente similares con pequeñas variaciones de palabras, probablemente para evitar que las plataformas detecten automatización o spam coordinado. No comentan cien veces; generalmente hacen uno o dos comentarios por publicación, justamente para aparentar comportamiento humano normal.
Esto no es un caso aislado ni una teoría. Es apenas un ejemplo en una plataforma, uno entre muchos, de cómo opera una guerrilla digital dentro del ecosistema boliviano. Lo importante aquí no es solamente quién ataca a quién, sino entender que hoy existe una capacidad organizada para manipular conversaciones, amplificar odio, instalar narrativas y hostigar públicamente a quienes incomodan al poder.
Además, este caso también permite observar algo más importante. Mario Justiniano no solamente forma parte del aparato estatal; también concentra capacidad económica, presencia mediática y alcance digital. Hoy, además, es dueño de uno de los medios de comunicación más importantes del país, El Deber. A eso se suma un ecosistema donde gran parte de los medios tradicionales se encuentran alineados hacia el gobierno y donde las redes sociales funcionan como amplificadores permanentes de narrativas políticas. El resultado es una estructura desproporcionada de influencia comunicacional, mediática y digital que hoy no tiene contrapesos equivalentes dentro del ecosistema boliviano.
Y tal vez lo más preocupante de todo esto es que, después de tantos años de exposición permanente a estas dinámicas digitales, hemos comenzado a naturalizar formas de violencia, intolerancia y deshumanización del otro que hoy ya no se quedan solamente en las redes sociales. Mucho de la ira, el odio y la fractura social que hoy vemos desbordarse en las calles, en los medios y en la vida cotidiana también ha sido alimentado durante años por este tipo de campañas digitales, donde el adversario político deja de ser alguien con quien se debate para convertirse en alguien a quien se humilla, se destruye o se elimina simbólicamente.
Por eso adjunto(solo 700, Facebook no me permite más caracteres) también la lista de cuentas y sus URLs de los perfiles de los comentarios analizados.
