Para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de octubre de 2025, Bolivia llevaba casi tres años soportando escasez de dólares, filas para cargar combustible y una inflación superior al veinte por ciento, la más alta desde la década de 1980. Los bolivianos acudieron a las urnas y pusieron fin a veinte años de gobierno de la izquierda. En apariencia, era la historia de siempre... El gobierno socialista que tomó el control de los recursos en favor de la mayoría era reemplazado por un centrista proveniente de una prestigiosa familia política, que prometía reabrir el país al capital privado y extranjero.
Pero las apariencias pueden ocultar la verdad. Una investigación realizada por Sala.Red indica que los votantes fueron blanco de una campaña digital hipersegmentada: una operación de microsegmentación impulsada por inteligencia artificial que ofrecía a distintos grupos de votantes exactamente lo que querían escuchar. Según esa investigación, fue esa maquinaria la que le dio la victoria y la presidencia a Rodrigo Paz.
No fue una revolución ideológica, sino algorítmica. El viejo orden no podía ganar por sí solo. Rodrigo Paz tenía una intención de voto de un solo dígito hasta que, a último momento, incorporó a su binomio a un candidato a la vicepresidencia que la élite tradicional jamás habría producido: Edmand Lara, vendedor en un puesto de mercado y expolicía dado de baja por denunciar hechos de corrupción, con un enorme número de seguidores en TikTok y sin dinero. Muchos bolivianos decían abiertamente que votaban por Lara como si él encabezara el binomio; se volvió una broma recurrente que los votantes adoraban a Lara, pero no estaban seguros de quién era Paz. La élite volvió al poder, pero solo ocultándose tras el rostro de su opuesto y desplegando una campaña digital hipersegmentada del tipo que la Unión Europea había prohibido nueve días antes de la segunda vuelta.
No se cedió la soberanía: lo que se ejecutó en Bolivia fue una sofisticada campaña de ilusionismo. El mandato se obtuvo con un conjunto de promesas que se revirtieron en cuestión de semanas. Paz marginó al vicepresidente que le hizo ganar la elección y, en pocos meses, ya negociaba el préstamo del FMI contra el que había hecho campaña.
Lo que Paz haga con los recursos es, por ahora, una orientación y no todavía una venta. La Constitución aún reserva el litio al Estado, y él ha prometido: «Yo no voy a vender el salar de Uyuni para hacer baterías». Pero la inclinación es inequívoca, ya que el gobierno impulsa reformas a la Constitución.
El país no ha permanecido en silencio: durante todo el primer semestre de 2026 se sucedieron protestas de todos los sectores de la sociedad.
Hay dos maneras honestas de interpretar esto.
Una: el modelo extractivo ha vuelto y el viejo orden está devolviendo la riqueza a manos privadas y extranjeras. La otra: un país en quiebra se reabre a la inversión porque no había otra salida a la crisis. Ambas son ciertas. Y ambas conducen a la misma pregunta: con una nueva bonanza en camino, ¿quién va a fijar las condiciones?
El 27 de abril de 2026, en Washington, el ministro de Minería de Bolivia, Marco Antonio Calderón de la Barca, y el subsecretario adjunto de Estados Unidos Caleb Orr firmaron un memorando de entendimiento (MOU, por su sigla en inglés) sobre «minerales críticos». No se publicó el texto del acuerdo, aunque Washington sí difundió los acuerdos equivalentes que firmó con Perú, Uzbekistán, Mongolia y el Reino Unido.
Estados Unidos designa actualmente sesenta minerales como críticos para su economía y su seguridad nacional. Una investigación publicada por Sala.Red ha documentado la presencia de cuarenta y siete de ellos en Bolivia. Es imposible saber qué parte de ese extraordinario portafolio abarca el memorando, porque el propio memorando no se ha hecho público.
Tras identificar el objetivo de esta nueva «fiebre del oro», Washington busca asegurarse el suministro de decenas de minerales. Tanto Australia como Bolivia tienen la oportunidad de captar esa riqueza en beneficio público antes de que el poder privado y el cortoplacismo político vuelvan a cerrar la puerta.
Con esta nueva ventana de oportunidad que se abre en torno a los recursos, el litio es uno de los minerales que encabezan el proceso. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estima, en su informe de 2026, que Bolivia posee alrededor de 23 millones de toneladas de recursos de litio medidos e indicados; de ellos, unos 21 millones de toneladas se encuentran en el Salar de Uyuni, según una estimación de SRK Consulting certificada bajo el estándar NI 43-101. En comparación, Chile cuenta con alrededor de 13 millones de toneladas y Australia con 10 millones, dos de los tres mayores productores del mundo. Lo que Bolivia aún no ha logrado es convertir ese enorme recurso en una reserva económicamente explotable, algo que ha resultado difícil debido a las características de su litio.
Bolivia negocia con Estados Unidos desde una posición sumamente desfavorable. El país atraviesa su crisis económica más profunda en décadas. Sus reservas internacionales están mayoritariamente inmovilizadas en oro, las reservas en dólares de libre disponibilidad se han agotado, la moneda se ha devaluado de forma pronunciada y la escasez de combustible se ha vuelto crónica.
Pese a estas adversidades, existe un camino para obtener mejores condiciones. Bolivia debe ofrecer su portafolio a un grupo de compradores, hacer que compitan con sus ofertas y hacerlo de manera pública, donde la Asamblea Legislativa, la sociedad civil, los medios de comunicación y los analistas, junto con las ofertas de los competidores, puedan contribuir a elevar el precio.
El nuevo gobierno de Bolivia hizo lo contrario. A las pocas semanas de asumir, ya estaba en Washington; a los pocos meses había firmado el memorando no publicado.
Bolivia y Australia participaron en la reunión ministerial de 2026 en la que el gobierno de Estados Unidos lanzó su alianza de minerales y firmó una serie de acuerdos bilaterales. La alianza se reunió en Washington con el objetivo declarado de asegurar las cadenas de suministro de minerales críticos de Estados Unidos como una cuestión de su propia seguridad económica y nacional.
Bolivia ya tiene acuerdos sobre litio por unos dos mil millones de dólares con empresas chinas y rusas, acuerdos que se encuentran suspendidos y en revisión por parte del nuevo gobierno de Paz. El capital del Golfo, otros capitales asiáticos y la inversión occidental diversificada están al alcance.
¿Cómo se comporta el poder estadounidense cuando están en juego los recursos estratégicos de un país más pequeño? En 1975, la pregunta pendía sobre una destitución en Canberra, y la respuesta se mantuvo en secreto. En 2026 no hacen falta conspiraciones: la presión se ejerce abiertamente.
En enero de 2026, fuerzas armadas estadounidenses ingresaron en Caracas, capturaron a Nicolás Maduro y lo apartaron del poder. No es ningún secreto que Estados Unidos quiere acceder a las vastas reservas petroleras de Venezuela. Tres meses después, Bolivia firmó en Washington su memorando no publicado sobre minerales. Todos los gobiernos de América Latina entendieron la demostración de poder de Estados Unidos.
Nada de esto significa que el memorando no debería existir. Bolivia necesita capital con urgencia, y Washington todavía podría ofrecer condiciones que valga la pena aceptar; pero ningún vendedor descubre cuánto vale su portafolio negociando con un único comprador a puerta cerrada. Noruega nunca le vendió a un solo pretendiente: hizo que las empresas compitieran por las áreas, ronda tras ronda, bajo reglas públicas. El argumento no es contra la extracción ni contra Estados Unidos; se trata de las tres pruebas que determinan a quién sirve la extracción. Captar la renta, a una tasa que valga la pena. Sostener la producción que la genera. Y blindar el ahorro donde ningún gobierno de turno pueda gastarlo. Noruega superó las tres. Australia tiene las instituciones, pero le falta la voluntad; Bolivia tuvo la voluntad, pero le faltaron las instituciones.
Noruega aprovechó su ventana de oportunidad. En Australia, los dos gobernantes que desafiaron seriamente el régimen vigente sobre los recursos fueron apartados del poder. Bolivia captó sus ingresos extraordinarios del gas y los gastó por no contar con una caja fuerte.
Entre Australia y Bolivia existe un giro bastante irónico. La riqueza de Australia se construyó sobre el mineral de hierro extraído en la región de Pilbara y, según algunos cálculos, el mayor yacimiento individual de hierro del planeta no está en Australia, sino en Bolivia. El Mutún, una sola montaña que contiene unos cuarenta mil millones de toneladas, se conoce desde 1848, pero permanece prácticamente sin explotar.
El hierro de Pilbara también tuvo que esperar: descubierto en 1861, no se explotó hasta la década de 1960, y durante más de dos décadas antes de eso una prohibición de exportación hizo inútil extraerlo. La dinastía Hancock se construyó en Pilbara, y Lang Hancock y su hija han combatido desde entonces una mayor captación pública de la riqueza de los recursos de Australia. La montaña de la misma roca que hizo rica a Australia está en Bolivia, a la espera. La geología nunca fue la diferencia.
La pregunta, entonces, no es por qué Bolivia es pobre ni por qué Australia es rica. Es si alguno de los dos podrá completar el taburete —captar la renta, sostener la producción y proteger lo recaudado— antes de que esta bonanza pase como pasaron las anteriores, antes de que el litio siga el camino de la plata, la papa, el gas y la hoja presente en la bebida más famosa del mundo.
Esto me lleva de vuelta a la plaza de Cochabamba donde comenzó esta historia: la Coca-Cola, las papas fritas, el wifi gratuito que viaja por una señal que Australia inventó y por la que luego tuvo que litigar para que se la pagaran, en Cochabamba, el valle que alguna vez abasteció a las minas de plata de Potosí. Me hace pensar en un pueblo más pequeño, a varias horas al sur, llamado Vila Vila, cerca de los yacimientos fósiles de Tiupampa. Allí se levanta un monumento a la tradición que está en el corazón de la identidad del pueblo: los Lichiguayos, un grupo que interpreta flautas de sonido evocador, vestidos con túnicas y sombreros de plumas, al ritmo de tambores de cuero. La danza tiene un personaje que hace restallar un látigo: el capataz colonial, el capataz de esclavos, cuyo látigo se convierte en un instrumento satírico que marca el ritmo mientras se burla de la autoridad que imita. La gente de Vila Vila conoce el valor arrebatado bajo el látigo. Lo convirtió en música y todavía lo baila.
Su sátira es el análisis.
La riqueza está en esta tierra.
La pregunta, esta vez, es si se quedará aquí.
