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Parte 1.

Wifi y Papitas

Bolivia y Australia han dado al mundo cosas de inmenso valor. Ninguno de los dos conserva lo que valen.

Por — Researcher ·

Caía la tarde en la plaza principal de Cochabamba; un grupo de jóvenes competía en batallas de hip-hop, una muchacha ciega hacía música en la calle a cambio de unas monedas, una señora vendía bolsitas de maíz para alimentar a las palomas y había personas con banderas palestinas en una vigilia. Estaba solo, pero aquí nunca me siento solo.

Había comprado una Coca-Cola y un paquete de papitas fritas, y me estaba conectando al wifi público y gratuito de la plaza... La siguiente pregunta que me hice me metió en un rabbit hole: ¿de dónde provenían estos privilegios omnipresentes de la vida cotidiana?

El wifi provino de Australia, de la División de Radiofísica de la Organización de Investigación Científica e Industrial del Commonwealth (CSIRO, por su sigla en inglés), situada a poca distancia de la casa donde crecí. Fue mi padre quien me dio a conocer el CSIRO. Era ingeniero electricista en Aussat y miembro del equipo central que lanzó los primeros satélites de Australia, y el CSIRO diseñaría más tarde la antena de haz dirigido hacia Australia Occidental para los satélites de segunda generación de Aussat, la serie B. Recuerdo que, a fines de los años ochenta, visité su laboratorio en Marsfield y la estación terrena de Aussat en Belrose, y que me impresionaron aquellas enormes antenas parabólicas apuntando al cielo. Tras su trabajo en comunicaciones satelitales, fue en ese laboratorio del CSIRO donde, en la década de 1990, un grupo de radioastrónomos desarrolló la tecnología de procesamiento de señales que hizo posible el wifi. Hoy esa tecnología está presente en más de 15.000 millones de dispositivos en todo el mundo.

Fig. 1. Aussat fue la primera empresa satelital de Australia y en 1985 lanzó el primer satélite del país, que aparece en la imagen. Recuerdo este póster apoyado en un librero de la sala. El A1 era un satélite geoestacionario de comunicaciones: medía 2,2 m de diámetro y 6,3 m de altura una vez desplegado.
Fig. 1. Aussat fue la primera empresa satelital de Australia y en 1985 lanzó el primer satélite del país, que aparece en la imagen. Recuerdo este póster apoyado en un librero de la sala. El A1 era un satélite geoestacionario de comunicaciones: medía 2,2 m de diámetro y 6,3 m de altura una vez desplegado. — Fuente: The Air and Space Museum

La papa fue domesticada hace unos diez mil años por las comunidades preincaicas que habitaban en torno al lago Titicaca. Al vivir en Bolivia, rodeado de papas de colores y tamaños que nunca imaginé que existieran —azules, rojas, amarillas, anaranjadas o con manchas rosadas—, uno siente un vínculo con la humilde papa que no se experimenta en otros lugares. Llamada cariñosamente «papita», salió al mundo y se convirtió en una de las pocas plantas que han alimentado civilizaciones.

Fig. 2. Papas en un mercado de Cochabamba.
Fig. 2. Papas en un mercado de Cochabamba.
Fig. 3. El mercado 25 de Mayo, un mercado más pequeño del centro de Cochabamba.
Fig. 3. El mercado 25 de Mayo, un mercado más pequeño del centro de Cochabamba.

La Coca-Cola encierra una tercera historia. Los bolivianos acullican —mastican— la hoja de coca desde hace miles de años. Sagrada en los Andes, crece en lugares muy específicos; en Bolivia, las dos zonas de cultivo son los Yungas de La Paz y el trópico de Cochabamba. Acullicar hoja de coca tiene un efecto similar al de tomar una taza de té o de café. Como su nombre lo indica, se ha informado ampliamente que la hoja de coca es un ingrediente importante de la Coca-Cola, aunque la empresa nunca lo ha confirmado públicamente. Según esos reportes, la hoja se importa a Estados Unidos y la procesa una única empresa autorizada, que extrae la cocaína para uso médico autorizado y suministra el extracto saborizante a Coca-Cola en Atlanta. Es una paradoja: la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes clasifica la hoja de coca como estupefaciente, lo que impide a Bolivia exportarla libremente, pero su artículo 27 permite usarla, sin alcaloides, como saborizante. La hoja que Bolivia no puede venderle al mundo sigue siendo un «secreto comercial» en la bebida más famosa del mundo.

Mi país de adopción y mi país de origen han dado al mundo cosas de inmenso valor, pero estas no se asocian ampliamente ni con Australia ni con Bolivia, y ninguno de los dos países conserva gran parte de lo que valen. ¿Por qué? ¿Quién se benefició?

Este patrón se extiende a la mayoría de los recursos naturales de Australia y de Bolivia, países cuyas economías dependen de la explotación de su subsuelo. Con una nueva bonanza de recursos en el horizonte, hay una carrera por asegurar la próxima generación de minerales esenciales, y Estados Unidos la encabeza. La extracción de recursos naturales es una práctica bien conocida en Bolivia. La papa es la versión más antigua de una historia que se repite hasta hoy. En el siglo XVII, la plata salió a raudales del Cerro Rico de Potosí y financió al Imperio español, dejando a Bolivia entre los países más pobres del continente. Durante la primera mitad del siglo XX, Bolivia abasteció entre el 30% y el 50% del mercado mundial de estaño, lo que convirtió a Simón Patiño en uno de los hombres más ricos del planeta, aunque él mantuvo su fortuna en bancos de Estados Unidos y Europa. La papa alimentó al mundo, pero las fortunas que generó se hicieron en otra parte. El estaño en el siglo pasado, el gas en este siglo. El litio se perfila como el siguiente. Cambia el producto, pero no el papel. Bolivia es donde comienza la riqueza del mundo, pero donde casi nada de ella se queda.

En comparación, Australia —uno de los países más ricos del planeta y, en muchos sentidos, lo opuesto a Bolivia— está atrapada en una trampa similar, aunque más por elección que por destino. Es el mayor exportador mundial de mineral de hierro y despacha la mayor parte sin procesar; es el mayor productor de litio del mundo y figura entre los tres principales exportadores de gas. Inventó la señal wifi y cedió su explotación mediante licencias. Vivió un auge minero de una década y casi no ahorró nada de lo obtenido.

Las comunidades andinas transformaron la papa: a partir de tubérculos silvestres, medio venenosos, desarrollaron miles de variedades adaptadas a los distintos pisos ecológicos de los Andes. Inventaron la deshidratación por congelamiento —el chuño— para conservar la papa durante el invierno, y construyeron terrazas y sistemas de riego para cultivarla: una de las pocas revoluciones agrícolas independientes de la humanidad y el paciente trabajo de miles de años. No fue suerte; fue ingeniería inteligente.

En 1994, investigadores de una universidad estadounidense obtuvieron una patente sobre un método de hibridación de la quinua, desarrollado a partir de una variedad recolectada cerca de una comunidad a orillas del lago Titicaca, con semillas y conocimientos que los agricultores bolivianos habían compartido libremente. La patente de los investigadores estadounidenses abarcaba decenas de variedades tradicionales andinas de quinua.Era un guion conocido, y en la Constitución de 2009 Bolivia nacionalizó los recursos genéticos del país para proteger su propio ingenio.

Cuando la patente estadounidense se extendió sobre la quinua, los productores y sus aliados lucharon hasta que fue abandonada. Cuando el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada impulsó, en 2003, la exportación del gas boliviano a través de un puerto chileno, el país se levantó contra él; el Ejército mató a más de cincuenta personas antes de que Sánchez de Lozada renunciara y huyera a Estados Unidos (en 2018, un jurado federal estadounidense lo declaró responsable de ejecuciones extrajudiciales, junto con su ministro de Defensa; el fallo quedó firme en 2021).

Durante el primer semestre de 2026, las carreteras volvieron a ser bloqueadas. El pueblo boliviano entiende lo que guarda la tierra y, cuando se negocian sus recursos, pone el cuerpo para defenderlos. Lo que a Bolivia le ha costado construir son instituciones capaces de protegerlos, para que esa defensa no tenga que librarse en las calles, generación tras generación.

El punto no es que a Bolivia o a Australia les falte capacidad. Ambos países tienen una capacidad de primer nivel mundial y de raíces milenarias: agrícola, genética y ahora, bajo tierra, una capacidad minera de una escala que las mayores potencias del mundo compiten por asegurar. ¿Por qué ambos países siguen vendiendo o regalando sus recursos por menos de lo que valen?

En abril de 2026, Bolivia firmó un memorando sobre minerales críticos con Estados Unidos, y el texto de ese documento se ha mantenido fuera del escrutinio público. El memorando no ha sido publicado. Queda abierta la pregunta: ¿quién se beneficia realmente de que sus condiciones se mantengan en secreto?

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